martes, 13 de septiembre de 2016

TEATRO BOLÍVAR


Como homenaje al primer centenario del natalicio del Libertador en 1883, se levantó en la capital angostureña un Teatro con su nombre el cual estuvo activo durante cuatro decenios sirviendo de escenario a compañías de zarzuelas e importantes trouppe de otras ciudades del mundo.
         Pero las representaciones teatrales no comenzaron en la Provincia de Guayana con el Teatro Bolívar. Hay testimonios de que en días muy especiales se hacía lo que llamamos hoy  “teatro de calle”. El “Correo del Orinoco”, por ejemplo, da cuenta en su edición 110 que el décimo aniversario (1821) de la Declaración de la Independencia se celebró en Angostura con actos religiosos en la Catedral y por la noche cena bailable en la casa del Vicepresidente de Venezuela. Tres días luego el señor James. Hamilton dio en su casa un convite. Las fiestas se prolongaron al pueblo de Soledad “cuyo comandante político y militar, teniente coronel Francisco Javier Suárez de Añez, dispuso algunas diversiones por tres días consecutivos, con juegos de toros, máscaras y representaciones teatrales...”.
         Naturalmente que con el Teatro Bolívar comenzó en Guayana, específicamente  en Ciudad Bolívar, la actividad teatral en forma, al igual que ocurrió en Caracas con el Teatro Municipal  o Teatro Guzmán  Blanco, construido en 1876 sobre la demolición del Templo San Pablo.
         Después de siete años de haberse construido el Teatro de Caracas, se construyó el de Ciudad Bolívar, gracias a las contribuciones y esfuerzos mancomunados de la población. Esto sucedió en el último años del quinquenio de Guzmán Blanco y siendo Presidente del Estado, el General Ramón A. Mayol, bajo cuyo mandato se construyó también el acueducto de la capital bolivarense.
         El Teatro Bolívar comenzó a construirse muy lentamente por iniciativa del Presidente del Estado Soberano de Guayana, Juan Bautista Dalla Costa  hijo, quien el 6 de noviembre de 1869 convocó a la Casa de Gobierno a un grupo de personalidades de la ciudad que comprometió inicialmente en el proyecto.
         Ellos fueron Enrique Krohn, Cristiano Vicentini, Narciso Villanueva, Ernesto Hahm, Henrique Kraft, José Lezama, Ángel Santos Palazzi e Hilario Gambús, quienes se comprometieron formalmente arbitrar los fondos necesarios para llevar a cabo la construcción del Teatro.
         Dalla Costa, expulsado en 1871 por la llamada Revolución de los Azules, además de dicha Junta presidida por él para hacer realidad el Teatro o Coliseo como se le llamaba también, designó otras para el empedrado de las calles y construcción del Hospital La Cruz transformado finalmente en El Capitolio o cuartel de la Plaza Miranda. Pero el Teatro en la parte más alta del Cerro El Vigía, no pudo ser concluido e inaugurado mientras fue Presidente del Estado Soberano de Guayana, sino en 1883.
         El Teatro Bolívar fue inaugurado el 5 de marzo de 1883 y le tocó al doctor Ramón Isidro Montes pronunciar el discurso alusivo. Entonces, entre otras cosas dijo: “Señores, el edificio que inauguramos no es sino el templo de la música. Así como es necesario erigir altares par rendir en ellos el culto al dios verdadero, tal como se impone a la razón humana por medio de la revelación, así también es necesario erigir templos para rendir culto a ese mismo dios en una de sus manifestaciones que es bien de lo bello. No sólo de pan vive el pobre. El sentimiento de lo bello es un verdadero pasto espiritual, es pan del alma”.
         No pasó por alto el controvertido tema de entonces de si el teatro realmente educa o pervierte. A este respecto señalo: “Mucho se ha disputado sobre si las representaciones teatrales educan o pervierten el corazón del hombre. Sobre si el teatro es una escuela de costumbre y ofrece más bien un sentido de compresión. El término medio sostiene hoy lo que la mayor parte de los preceptistas, que el teatro por si mismo, no corrige ni corrompe. Como ha dicho un célebre crítico español: “el teatro es una diversión pública, pero es de todas las diversiones públicas la más culta y si no corrige las costumbres, puede al menos rechazarlas, puede ser una escuela de buenos modales y de serlo constantemente de buen lenguaje y estilo”.
         “Dije antes y no ceso en repetirlo, que este edificio viene a llenar un vacío, a satisfacer una gran necesidad de esta población y ya era tiempo. Tantos habrá que al contemplarnos desde allende el Orinoco con ojos apasionados, habrán visto en nosotros un pueblo de mercaderes. Sí, pero esos mercaderes son los que ayer nomás acaban de levantar un templo para el ejercicio de todas las virtudes y señaladamente para la práctica de la caridad. Pero eso mercaderes son los que han logrado construir y los que inauguran hoy este templo par el culto de lo bello”.
         “Señores, es preciso convenir en que hay una providencia que por caminos ignorados de ellos mismos dirige los destinos de los pueblos. La inauguración de este edificio en el presente año de 1883 se está viendo patente el dedo de Dios”.
         “He procurado presentaros como un bosquejo la majestad del acto que celebramos, la importancia del edificio que hemos inaugurado, más yo no creería haber llenado ampliamente mi cometido si al terminar el presente discurso no recomendase la gratitud de esta población, todos los gobiernos, todos los individuos y todas las juntas y corporaciones que han contribuido a la realización de esta obra desde su iniciación hasta su término”.
         “Es de rigurosa justicia hacer una mención especial a un hombre infatigable que con una constancia ejemplar, con sacrificio de su reposo, abandono de sus intereses y hasta descuidando la suerte de su generosa familia, con exposición de su vida misma y dominado por su decidido amor a las artes y culto de lo bello, se constituyó en el padre de este edificio y se ha entregado en cuerpo y alma a la obra de su conclusión y luego a la penosa tarea de su estreno en el acto de esta noche. No necesito nombrarlo porque su nombre está en nuestros labios. Que viva perpetuamente en nuestros corazones el nombre de ese modesto ciudadano, tanto más meritorio cuanto más humilde y cuanto menos ostentación hace de los servicios que acaba de prestar, la gratitud es la memoria del corazón y su culto no honrará menos a los pueblos que lo tributan que al hombre que tiene la dicha de haberlo merecido. El ciudadano es José Félix Armas”.
         José Félix Armas era farmacéutico y ese mismo año de 1883 el gobierno del General Ramón A. Mayor lo designó junto con Serapio Figuera y Federico Wulff, miembro de una Junta de Fomento creada para supervisar el Acueducto y administrar sus beneficios en la terminación del Hospital La Cruz.
         La construcción del Teatro Bolívar en la cual se empeñó el químico José Félix Armas, fue realmente lenta y posible gracias a los esfuerzos persistentes de una Junta pro teatro que él presidía y que finalmente contó con la colaboración de quienes explotaban las minas de oro de El Callao.
         El Teatro se estrenó con una velada artístico-literaria que luego se hizo frecuente a beneficio de otras obras sociales como la del Hospital La Cruz. Las trouppe que llegaban del exterior a presentarse en el Teatro Municipal de Caracas solían pasar por Ciudad Bolívar, bien por cuenta propia o cuenta de algún empresario local que viajaba expresamente a contratarla. Esto era esporádico y durante los primeros años más era el tiempo que permanecía inactivo.
         A finales de 1900 hay un esfuerzo por imprimirle una actividad mayor y más estable. Con ese propósito se nombra  nueva Junta administradora y viaja a Caracas el empresario Emilio Blen, quien tiene éxito en la contratación de artistas para la organización de una Compañía de Zarzuela que se mantuviese durante una temporada en Ciudad Bolívar.
         La compañía en efecto, una vez organizada, salió de Caracas el 22 de septiembre formada por 36 artistas repartidos en 4 primeras tiples, 2 tenores, 2 barítonos, tenor bajo y cómicos, coros y orquesta y ya la primera semana de octubre estaba debutando con las obras “Las Mascotta”, “Marina y las tentaciones de San Antonio”, “La Guerra Santa”, “La Bruja”, “La Cara de Dios” y la ópera “Caballería Rusticana”.
         En ese mismo mes de Octubre, día 29 a las 4:45 de la tarde un temblor sacudió a Caracas causando importantes pérdidas materiales y de vidas. A esa hora el Presidente de la República Cipriano Castro que se hallaba en la Casa Amarilla saltó por el balcón y se fracturó una pierna. El suceso conmovió a los guayaneses y sensibilizó de tal manera a la Compañía de Zarzuelas que actuó gratuitamente a beneficio de los damnificados del terremoto. En tal ocasión don Antonio Liccioni, Presidente de la Compañía Minera de El Callao dio dos onzas de oro por un palco y el espectáculo resultó un lleno desbordante.
         La Junta Directiva del Teatro Bolívar, presidida por R. Guillermo Natera e integrada por Carlos García Romero (Tesorero) y Elías Guerra A. (Inspector), acordó declarar sin efecto el Contrato que había celebrado el 26 de agosto con Emilio Blen y accedió a la solicitud de arrendamiento del Teatro hecha por Manuel Pérez Padrón, integrante del elenco artístico. Padrón y los demás artistas de la Compañía de Zarzuela se habían desligado de la Empresa Blen por incumplimiento de contrato y resulto formar una Sociedad Artística independiente. De manera que superado el inconveniente la Compañía reanudó por cuenta propia la actividad teatral el 22 de noviembre con la obra “Los Magallanes”.
         En 1900 existía el “Hotel Bolívar”, no el actual. Aquel funcionaba en los altos de la casa de Guillermo Monch, quien fabricaba el “Amargo de Ciudad Bolívar” a falta del Amargo Angostura del Dr. Siegert. Allí se presentó por primera vez en la ciudad la novedad del Bioscopio llamado “El Rey de los Cineógrafos” que trabajaba con batería a falta de energía eléctrica en al ciudad y por lo cual el empresario justificaba la opacidad de las vistas que se pasaban, entre ellas, el famoso baile de la serpentina y la destrucción del vapor de guerra “Maine”. Se realizaron dos funciones y la tercera y última se presentó en el Teatro Bolívar. Posteriormente, el señor Federico Beherens hijo presentó la también novedad del Cineógrafo combinado con el Estereopticón por medio de una luz especial con resultados muy satisfactorios para los espectadores según el Cronista del diario “El Anunciador” de la época.         
         En julio de 1911 llegó la electricidad a Ciudad Bolívar, pero no fue sino hasta el año siguiente cuando el Teatro Bolívar  aprovechó este servicio que vino a mejorar la situación tanto de los espectáculos artísticos como de un medio de comunicación tan importante como el cine.
         Para esos días se presentaba una Compañía Ilusionista Francesa dirigida por el profesor Stark Hermann. La Compañía promocionaba el espectáculo como “toda una novedad” y saludaba a los habitantes de la ciudad a la vez que anunciaba “su primera función par el domingo 13 del corriente día en que estará terminada la nueva instalación del alumbrado eléctrico”.
         Para 1911 cuando el Teatro Bolívar vio en la inauguración del servicio eléctrico una bendición para sus funciones, especialmente para el espectáculo del Cinematógrafo, era gerenciado por una Junta Administrativa que presidía Santos Palazzi. Esta Junta aspiraba que la electricidad le concediese ciertos privilegios que la empresa alegaba era imposible dada su inestable situación económica. Ello dio lugar a una discusión pública del problema que al final pudo conciliarse.
         Y si mal era la situación económica de la C. A. La Electricidad, sobremanera por la guerra de competencia a muerte que le planteaba la Nueva Cervecería Ciudad Bolívar, mal comenzó a irle también al Teatro Bolívar cuando por virtud de la electricidad surgieron el Cine Mundial y el Cine América. Además el inmueble estaba muy deteriorado, viéndose obligado el Presidente del Estado, general Marcelino Torres García, a decretar una reconstrucción que no pasó de “paños calientes”, pues el problema arquitectónico del teatro era estructural. Las bases no estaban lo suficientemente consolidadas como para soportar la carga de muros y techo y ello daba lugar a peligrosos agrietamientos que llevaron al Presidente del Estado, general Siverio González (1924-1930) a tomar medidas más radicales para obtener un Teatro menos problemático.
         Para 1934 el nuevo Teatro que inició el Presidente del Estado Silverio González (1924-1930) estaba muy atrasado. Entonces se resolvió cederle en calidad de préstamo al Colegio Español Nuestra Señora de las Nueves, bajo la dirección de las Hermanas Dominicas, 20 filas de sillas y 12 bancos largos pertenecientes hasta que se concluyera el nuevo Teatro.
         Le doctor Antonio Álamo, Presidente del Estado (1933-1936) se interesó por la obra inconclusa y ordenó un informe técnico que estableció los siguientes linderos: Norte, calle Concordia; Sur, calle Las Mercedes; Este, Casa Sebastián y Oeste, calle Constitución. Superficie del edificio 664 metros cuadrados. Frente: en construcción con superficie de 198 metros cuadrados. Paredes de piedra y adobes pegados con mezcla mulato o sea, un compuesto de cal, arena y tierra colorada. En resumen, el Informe concluía en que ni las paredes ni la clase de construcción en general eran aparentes para soportar la carga a que estaban destinados. Igualmente observaban lo defectuoso de la construcción relativa al techo que era de hierro galvanizado sobre viguetas de madera. En definitiva el informe técnico consideraba más acertado la construcción de un Teatro moderno en un lugar más adecuado, y dejando el propio para la Caja de Agua del proyectado Acueducto de la Ciudad.
         El Gobernador José Benigno Rendón (1936-1938), acogió el informe anterior e inició la demolición total para la construcción de un nuevo Teatro, el 17 de septiembre de 1936. Antes, por Decreto del 9 de julio de 1936, había integrado una comisión con José M. Hernández, A. Graterol y Carlos Delgado para la elaboración de los planos, pero en el mismo sitio. Entonces, Pedro Calderón, quien era el Ingeniero Municipal, recomendó la fachada principal del Teatro hacia el Norte.
         Al Presidente del Estado J. B. Rendón no le alcanzó el tiempo de su mandato para dejarles a los bolivarenses el Teatro que tanto anhelaban. Fue el Dr. Mario Briceño Iragorri, Presidente del Estado entre 1943-45, quien resolvió la situación construyendo en el mismo lugar, no propiamente un teatro sino lo que fue hasta la década de 1960 el Auditorio Simón Rodríguez, transformado hoy en el Palacio de la Asamblea Legislativa.
         Como se ve, el telón del Teatro Bolívar descendió definitivamente y de éste solo quedó el Parlamento o, en sentido figurado, el parlamento interminable y controvertido de una obra que fue sueño, realidad y nuevamente sueño.


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