domingo, 18 de septiembre de 2016

AZULES Y AMARILLOS


De España nos vino la tradicional Quema de Judas que aún se mantiene. Allá en la península la quema de Judas ocurre el Sábado de la Semana Santa y en vez de la pirotecnia que explota en su cuerpo bajo la acción implacable de las llamas, son proyectiles de escopetas los que estallan al ser disparados de uno y otro lado. No sabemos si a esta altura tales costumbres se conservan, pero de ella da amena cuenta Juan Ramón Jiménez en su “Platero y yo”.
         “¡No te asustes, hombre! ¿Qué te pasa? Vamos, quietecito… es que están matando a Judas, tonto.
         Sí, están matando a Judas. Tenían puesto uno en el Monturrio, otro en la calle de En medio, otro ahí, en el Pozo del Concejo. Y los vi anoche, fijos como por una fuerza sobrenatural en el aire, invisible en oscuridad la cuerdas, que de doblado a balcón, los sostenía. ¡Qué grotescas mescolanzas de viejos sombreros de copa y mangas de mujer, de careta de ministros y miriñaques, bajo las estrellas serenas! Los perros les ladraban sin irse del todo, y los caballos, recelosos, no querían pasar bajo ellos.
         Ahora las campanas dicen, Platero, que el velo del altar mayor se ha roto. No creo que haya quedado escopeta en el pueblo sin disparar a Judas. Hasta aquí llega el olor de la pólvora. ¡Otro tiro! ¡Otro!.
         “Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o la maestra, o el forense, o el recaudador, o el alcalde, o la comadrona; y cada hombre descarga su escopeta cobarde, hecho niño esta mañana del Sábado Santo, contra el que tiene su odio, en una superposición de vagos y absurdos simulacros primaverales”.
         Una de las pocas cosas de la vieja herencia hispana que la tradición mantiene con relación a Judas es el cognomento que se le da para identificar algún personaje de deudas pendientes con la colectividad y contra el cual suelen descargarse no escopetas sino la pólvora en su variante más común la del cohete o la pirotecnia mezclada con la jocosidad de su testamento que involucra al vecindario. En ocasiones el cognomento llegó a generar situaciones terribles como esta que es parte de la historia regional y que el historiador carupanero Bartolomé Tavera Acosta narra muy bien en su libro Anales de Guayana.
         “Guayana Impasible” era el título de una columna periodística que escribía el General Agustín Contasti, hermano de Ramón y Orocio Contasti, héroes de la Independencia. Esta columna picante y agresiva chocaba contra los liberales amarillos y la publicaba en el primer diario que tuvo Guayana: El Boletín Comercial.
         El Boletín Comercial fundado el 4 de abril de 1860 por su redactor Andrés Jesús Montes se editaba en la cuarta imprenta que se instaló en Angostura, la del cumanés Carlos María Martínez. Primero circuló bisemanario y posteriormente como trisemanario hasta convertirse en diario en 1865. Ya era diario cuando Agustín Contasti escribía su famosa columna “Guayana Impasible” que tanto molestaba a la agrupación política “Sociedad Liberal”.
         Los primeros partidos políticos de Guayana fueron la Sociedad Filantrópica fundada por Juan Bautista Dalla Costa (padre) en 1842 que agrupaba a los hombres de pensamiento liberal y los conservadores agraviados con el calificativo de Antropófagos liderado por el General Tomás de Heres en el cual militaban los  partidarios de Páez y Soublette.
         Estos partidos prácticamente se extinguieron a raíz del asesinato de Heres, pero después de la Guerra Federal, en la época de Juan Crisóstomo Falcón, cuyo nombre fue puesto al Paseo Orinoco, renació el espíritu partidista en Guayana con la Sociedad Liberal que arropaba a los liberales de la divisa amarilla, jefaturaza por el general Simón Briceño, Comandante de Armas de la Provincia y la “Sociedad sostenedora de los derechos del pueblo” fundada el 25 de mayo de 1867 para apoyar al Gobierno de Juan Bautista Dalla Costa (hijo), presidida por Epifanio Franco y en la que militaban liberales y conservadores descontentos con el Gobierno central de Falcón. De esta última era prosélito Agustín Contasti, quien escribía la columna periodística “Guayana Impasible” que defendía la llamada Revolución de los Azules.
         Par entonces Guayana era Estado Soberano y al Gobernador lo designaba la Asamblea Legislativa. El Presidente de la República solo nombraba a los funcionarios y empleados nacionales. Estos últimos militaban en la Sociedad Liberal y por iniciativa de los funcionarios de la Aduana al entrar la Semana Santa, acordaron hacer un Judas con el nombre de Guayana Impasible y el cual exhibieron con una bandera azul. Los contrarios lo asumieron como una provocación política e instaron a Juan Bautista Dalla Costa, Presidente del Estado Soberano de Guayana, para evitar las consecuencias.
          “¡Eses Judas no se quemará!” prorrumpió enérgico Dalla Costa frente a los empleados nacionales de la Aduana encabezados por su Administrador el general José María García Gómez, resistidos a acatar la advertencia lanzada por el magistrado regional en aras de la tranquilidad pública.
         Era domingo 12 de abril de 1868. El edificio de La Aduana no era el que actualmente ocupa el Comando fluvial de la Armada, sino una bella casona de dos plantas, de estilo neoclásico, ubicada muy cerca del río de la calle Miscelánea, hoy Dalla Costa, y que no hace mucho fue demolida para construir locales comerciales.
         El Judas con sarcástico letrero y divisa azul parecía mirar impasible los barcos surtos en el puerto. Colgado, desde su sitio estratégico de la calle Orinoco, sólo se aguardaba la hora del Angelus para abrir el testamento y prenderle fuego a la pirotecnia que lo sumiría, suerte de simbólica inquisición, en la hoguera de su propio formato.
         El Sol aún no terminaba de ocultarse para darle pábulo a la fiesta y el Orinoco parecía un esqueleto de piedra y arena bajo la vecindad del invierno. Ambiente final de Semana Santa. Los judas colgando a la espera del fuego y la curiosidad pueblerina asomándose por calles, ventanales, celosías y azoteas.
         “¡Ese Judas no se quemará!”, exclamó vital una vez más el Presidente Dalla Costa y fue suficiente para que Adriano Regino Alcalá,  apoyado en los hombres del general Agustín Contasti, por cuya brecha periodística parecía derrumbarse la tranquilidad ciudadana, salvara al Judas de su patibulario destino lanzándolo al río para que el monigote flotase como los mogotes de invierno ante la mirada confundida de la muchachada azarosa.
         Los amarillos y los azules se habían declarado la guerra y en vez de la cohetería criolla, tronaban los disparos de revólveres y escopetas como alguna vez lo vio en otro estilo y en otro sitio el poeta Juan Ramón Jiménez, trotando sobre su burrito Platero comino hacia la calle de Enmedio.
         Monseñor José Manuel Arroyo y Niño, quien ejerció la Diócesis de Guayana durante 27 años (1857-1884), intervino junto con el general José Alcalá y José Tomás Machado en el conflicto de odios y tensiones fraccional. De un lado los seguidores de Juan Bautista Dalla Costa y, del otro, la Sociedad Liberal apoyada en el Jefe de Armas Simón Briceño y del Administrador de la Aduana García Gómez.
         En la casa de Juan Bautista Dalla Costa, situada en la entonces calle del Gobierno, hoy calle Constitución, se reunieron 400 civiles, todos armados, dispuestos a dar la batalla, pero era Domingo de Resurrección. Cristo de nuevo estaba vivo y a través del Obispo hizo sentir su palabra de paz que todos acataron.
         Más esta paz no duraría mucho, pues en la provincia solía reflejarse la lucha por el Poder central y ese mismo año 1868, los conservadores y un grupo de liberales descontentos tomaron las armas e hicieron la revolución fusionista llamada de Los Azules que en Oriente comandaba José Tadeo Monagas, quien mandó a tomar la Plaza de Angostura a sangre y fuego provocando la caída y fin de la carrera política de Dalla Costa.
         Con el triunfo de la Revolución de Abril y el comienzo de la época (1870-1884) del General Antonio Guzmán Blanco, Guayana retornó a la tranquilidad que le era necesaria para un desarrollo que entonces se fundamentó en la explotación de las minas de oro de El Callao y en la importancia de Ciudad Bolívar como centro de recepción y distribución de todo cuanto se producía por debajo del eje Apure-Orinoco y zonas norteñas de influencia, como de los que se importaba de los principales puertos europeos.

         Durante esa época comenzó a intensificase la navegación de vapor por el Orinoco; una Comisión encabezada por Miguel Tejera demarcó definitivamente los límites entre Guyana y Brasil, se estableció en Angostura la primera máquina de vapor (la de Emeterio Gómez en 1878 para editar el periódico La Prensa), se firmó con la empresa inglesa Guayana Company un contrato para establecer colonias agropecuarias y mineras en Guayana. Antes se había concedido al ciudadano norteamericano Henry Price, una extensión de 300.000 km2. La llamada concesión Prince otorgaba el derecho a colonizar las tierras de Guayana con inmigrantes confederados de los EE.UU. El 12 de agosto de 1867 había llegado a Ciudad Bolívar, procedente de Charlestón la goleta Ben Willis con los primeros 38 inmigrantes para poblar el Sur de Guayana. También durante la época Guzmancita, se contrató para la región la instalación de líneas telegráficas y se construyó el Teatro Bolívar. Asimismo, Sir Henry Alexander Wickham, Padre de la Industria Moderna del Caucho, remontó el Orinoco entrando por el Delta para establecer las posibilidades de Guayana como proveedor de goma y más tarde el explorador y naturalista Jules Crevaux, quien no dejó un importante material etnográfico. Pero no todo fue bueno durante ese tiempo. Por altos gravámenes, los herederos de Siegert se llevaron para Trinidad la Fábrica del famoso Amargo Angostura y la antigua Provincia de Guayana fue dividida (1881) en un Estado (Estado Bolívar con dos secciones: Guayana y Apure) y cinco Amazonas, capital Maroa; Caura, capital Moitaco; Yuruary, capital Guasipati y Delta, capital Tucupita). 

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