domingo, 2 de octubre de 2016

EL ORO DE CARATAL

La batea era el instrumento principal para la minería y la greda se desmenuzaba con las manos
La existencia de oro en el Yuruary, del que nunca dieron cuenta los misioneros establecidos en las inmediaciones desde el siglo dieciocho, era una verdad palpable en las manos de los indios, confirmada más tarde por las noticias que desde el cantón de Upata llegaban a la Angostura del Orinoco.
         De ello da cuenta una hoja impresa el 2 de mayo de 1850 en el taller de Pedro José Cristiano Vicentini, un tipógrafo veneciano radicado en Angostura en 1839 y quien editó varios periódicos como el Centinela y El Cauduceo.
         “No es una fábula o una ficción –dice la hoja-, de la existencia de una Nueva California en esta provincia. Las recientes noticias que se han recibido en estos días del cantón de Upata, acaban por fin de confirmar el descubrimientos de una opulenta mina de oro en el Yuruary, cerca del pueblo de Tupuquén”.
         Tupuquén, situado sobre una meseta que se extiende hasta la orilla occidental del Yuruary,  señorease sobre sabanas ricas en pastos con muchos rebaños. A menos de un kilómetro, atravesado el Yuruary esta “la opulenta mina de oro”. Es la mina de Caratal, nombre asociado a la Carata, una palmera de prodigiosa sombra en los techos de las churuatas. A este Caratal done el oro brota en grano mezclado con greda y piedra de los barrancos aluvionales, los mineros o buscadores de fortuna preferían llamarlo “Nueva Provincia”. El cognomento ha debido ocurrírsele al barquisimetano Pedro Monasterio, quien al parecer fue quien mayor importancia le dio a la mina y difundió la noticia aunque ya antes, en 1842 el brasilero Pedro Joaquín Ayres había hecho exploraciones con resultados satisfactorios.
         Pedro Monasterio Soto, quien llamó poderosamente la atención sobre las ricas minas de Caratal, viene siendo el bisabuelo de Rafael Monasterios, pintor venezolano a quien el 24 de noviembre de 1989 la Galería de Arte Nacional y el Museo de Barquisimeto le celebraron los cien años de su natalicio con una exposición selectiva de sus obras.
         Pedro Monasterios, antes de internarse en la selva del Yuruary, había estado en Angostura como edecán del general José Laurencio Silva y, posiblemente entonces, lo pico el prurito del Dorado, pues tan pronto cesó la campaña libertadora que lo llevó hasta Guayaquil, regresó a Nueva Granada en 1830 donde adquirió conocimientos prácticos de mineralogía.
         Luego se vino a Caracas, pasó a Barquisimeto y finalmente se trasladó a Guayana por la vía de San Fernando de Apure. Como lo haría casi un siglo después Lucas Fernández Peña hasta fundar y quedarse en Santa Elena de Uairén, Monasterios buscaba oro y lo encontró abundantemente en Caratal. Con dos peones que descubrió lo engañaban tragándose las pepitas, logró obtener en sólo un mes más de cincuenta onzas de oro en polvo y granos que parecían lentejas.
         Monasterios exhibió su producción a los vecinos del cantón de Upata desde donde se difundió la noticia a todos los rincones. Pero no quiso volver porque pasó mucha hambre y los peones lo engañaban. Regresó a Barquisimeto emocionado por su hazaña, porque más que una aventura resultaba una hazaña entonces internarse en la selva y emocionado también de haber convencido a los guayaneses de la existencia de ricas minas auríferas en el Sur que llevan ya 150 años explotándose y cada vez en cantidades superiores.
         El médico francés Luis Plassard, graduado en la Universidad de Lyon en 1836, prestaba servicios en la Colonia Tovar en 1847 cuando decidió radicarse en Angostura atraído por las posibilidades que le ofrecía la región para satisfacer no sólo su carrera de médico sino otras inquietudes. Tan pronto llegó se casó con la guayanesa Luisa Benvenuto, pero no tuvo hijos. Dictó un curso de cirugía y medicina en el Colegio Federal de Varones y se interesó por la cultura de los indios al igual que por los yacimientos auríferos de Caratal que exploró autorizado por la Gobernación a cargo de José Tomás Machado, para verificar las noticias según las cuales se estaba ante una “Nueva California” que pudiera darle un vuelco a la economía de la región. Pero al parecer por unas declaraciones del Juez de la parroquia de Tupuquén, Andrés Hernández Morales, el informe de Plassard al Gobierno no daba muchas esperanzas.
         El Juez de Paz Andrés Hernández Morales, de la Parroquia Tupuquén de la cual dependía Caratal, quien había levantado un informe para el jefe político del cantón de Upata sobre los descubrimientos auríferos en Caratal o Nueva Providencia, fue desmentido públicamente y ridiculizado por el doctor Luis Plassard, quien con anterioridad había sido comisionado por la Gobernación para explorar la geología del Yuruary.
         Sin embargo, el Juez de Paz presentó una serie de cartas que deban testimonio de la existencia de oro, como de su profusión y calidad no obstante los métodos rudimentarios que se utilizaban para la extracción. Presentó cartas de Vicente León, que dijo haber hallado un pedazo de oro que pesaba 46 onzas; de Lino Acuña, quien encontró una barreta de oro de 5 pulgadas de largo y 2 y media de grueso que pesaba 24 onzas; de los hermanos Silva, quienes obtuvieron granos de oro de 32 onzas; de Francisco Mendoza, quien durante cinco semanas de trabajo extrajo 80 onzas de oro de un barranco; de Concepción Campos, quien durante el lapso de ocho días de trabajo logró 5 libras de oro; de Manuel Antonio Zumeta, quien desde enero a septiembre obtuvo 17 y media libras de oro. Todo este precioso hallazgo aurífero ocurrió en 1857.
         Francisco Michelena y Rojas, comisionado por el Gobierno Nacional para hacer una exploración oficial del Orinoco, Casiquiare, Río Negro y Amazonas, se hallaba en Ciudad Bolívar en 1857 y recibió instrucciones de levantar un Informe sobre los supuestos ricos yacimientos auríferos de Caratal.
         A bordo de un bongo y a favor de la corriente salió de la ciudad el 16 de septiembre de ese año con destino a Puerto de Tablas para desde allí proseguir por tierra y sobre lomo de mula hasta Caratal. El trayecto navegante lo cubrió en 15 horas. Puerto de Tablas, en la embocadura del Caroní, frente a la isla Fajardo, era punto alterno obligado para quienes viajan al interior. Por este atracadero se embarcaba el ganado, los frutos y se practicaba el contrabando. Había una buena posada y San Félix un poco distante del puerto era prácticamente un pueblo en ruinas a decir de Michelena y Rojas. Aquí se tomaban en alquiler las mulas al precio de 8 pesos cada una y al paso de dos días hasta el Cantón de Upata y de aquí al precio de dos pesos más y a paso de tres días hasta Tupuquén.
         Caratal era para el año 1857 unos cuantos ranchos entre los árboles. El oro se explotaba en barrancos en el propio lugar y se lavaba en la quebrada descendente del Salto Macupia. La forma de explotar el oro era bastante rudimentaria. La batea era el instrumento principal y la greda se desmenuzaba con las manos. Era realmente un trabajo heroico y sacrificado. Sin duda que había mucho oro en el lugar y las evidencias muy tangibles.
         Y así como había oro escondido en las entrañas de la tierra, casi inalcanzable con esa técnica tan primitiva de los años 1850, había en Tupuquén bosques de plantas preciosas y de gran utilidad en farmacia como la quina, la vainilla, la carapa, la copaiba, el copey, la hipecacuana, el cáustico bolombago que suple a la cantárida y la cruceta real.
         La población de Caratal crecía a medida que se difundía la noticia de la riqueza. Había venezolanos de varias provincias mezclados con antillanos. Para ese momento se contaban 32 negros trinitarios, 3 ingleses, 3 franceses de las Antillas y 6 de Demerara.
         El informe de Michelena y Rojas fue muy favorable. Daba cuenta de lo cierto de los yacimientos y de sus ventajas para la economía. Sólo observaba como contrario las fiebres terciarias, la falta de autoridad y lo primitivo de la técnica de explotación. Importantemente curioso resultaba para él cómo el río Caroní divide “perfectamente esta parte de Guayana en dos terrenos geológicamente distintos: la parte oriental, aurífera; y la occidental, ferruginosa y notablemente volcánica, en donde encontré, a una cuarta de legua del camino que conduce a Araciama, masa enorme de hierro, ya en estado puro, ya volcanizadas en formas de lava”.
         Tres años después, en 1860, Florentino Grillet, quien había sido Presidente del Estado (1841-1842), fundó la “Compañía del Yuruary” con un capital de 50 mil pesos para explotar una mina llamada Cicapara, en la costa del Yuruary que luego se extendió hasta Caratal. A partir de allí un sin número de empresas se legalizaron para explotar los ricos yacimientos por lo que en 1875 a solicitud del Presidente del Estado, Juan Bautista Dalla Costa, la Asamblea Legislativa se vio impelida a legislar sobre la materia dictando un Código Minero, más para estimular la explotación y cobrar el impuesto que para ejercer un control de regulación estricto.
         Para 1857 todavía no existía  El Callao como pueblo propiamente sino Tupuquén o San Félix de Tupuquén como lo llamaron desde 1770 los misioneros capuchinos establecidos allí. El 16 de noviembre de 1860 la Legislatura le cambió el nombre por Nueva Providencia. Sobre el origen del nombre El Callao hay varias versiones: una según la cual el pueblo perdurable se levantó sobre un terreno guijarroso o de canto rodado, otra que lo asocia con un minero que egoístamente “callao” extraía oro del lugar hasta que lo descubrieron y una tercera que se vincula con El Callao peruano fundado en 1537, asaltado por el pirata Drake en 1578 para apoderarse de sus tesoros y bombardeado en 1866 por la escuadra española, precisamente cuando la región del Yuruary era cañoneada por la usura y los buscadores de fortuna desde todas parte de Venezuela y el extranjero.
         El Callao ha predominado hasta nuestros días y la compañía minera más importante del siglo pasado (6 de febrero de 1878) se llamó Compañía Minera el Callao fundada por la firma Juan Bautista Dalla Costa e hijos y presidida por don Antonio Liccioni bajo cuya presidencia llegó a convertirse en la más rica del mundo. En 1885 produjo 8 millones 195 mil 500  gramos de oro. Su actividad se extendió hasta 1897 cuando se declaró en quiebra.
         La Compañía Minera de El Callao llegó a embarcar por los animados puertos de Ciudad Bolívar hacia el exterior, un promedio de 8 mil onzas de oro mensual, siendo los meses de agosto y diciembre los de mayor auge (11 mil onzas). En abril y mayo de 1878 debido al atraco al “Correo del Oro” en el que murió su conductor el norteamericano Frank Bush, la exportación cayó asombrosamente a menos de la mitad. 
         Para la época no se conocía el Bolívar. Nuestro signo monetario era El Venezolano y El Franco y La Libra esterlina las divisas extranjeras con la cual se comerciaba el oro. No se conocía otro tipo de transporte que el fluvial a través de barcos de vela o de vapor y el terrestre utilizando burros, caballos, mulos y carromatos tirados por yuntas de bueyes, de manera que la producción aurífera proveniente del filón de El Callao y otras minas satélites se transportaba a Ciudad Bolívar en barras y a loma de mulas.
         El asalto al Correo del Oro se produjo el 6 de abril de 1878 en Rancho de Tejas, sobre un camino de recuas entre Upata y Guasipati. La remesa fue recuperada, capturados y muertos los asaltantes.
         Treinta y nueve años después se repitió, cuando Tomás Antonio Bello y Feliciano Muñoz transportaban varias barras para las Casas Blohm y Casalta. El asalto lo perpetró individualmente Osmundio Pastor Ortega, quien dio muerte a Bello y a Muñoz con un rifle Winchester, enterró el oro al pie de un árbol y luego emprendió la fuga cruzando a nado el río Caura. Fue capturado y sentenciado a sufrir veinte años en al prisión de Puerto Cabello.

         Actualmente las minas de El Callao figuran como reservas nacionales y son explotadas por Venorca que es una empresa filial de Ferrominera Orinoco y CVG-Minerven cuya planta procesa 700 toneladas de material aurífero por día. En 1992 obtuvo una ganancia superior al millar de millones de bolívares. 

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