domingo, 9 de octubre de 2016

J. B. DALLA COSTA SOUBLETTE


En el tiempo ardoroso de los Filántropos y Antropófagos, Juan Bautista Dalla Costa (hijo) tenía 17 años y andaba por Europa ilustrándose en las más acreditadas academias, aprendiendo idiomas, viajando y conociendo las culturas de los pueblos más avanzados. Estaba prácticamente ajeno, aunque informado a través de las cartas con su padre y hermanos, de la realidad político-social de Venezuela y de su Provincia. Ello pudo verificarlo ya en los umbrales de la Guerra Federal, cuando en Guayana por influencia del Gobierno de Carlos Soublette, hermano político de Dalla Costa, los filántropos se volvieron centrales y los antropófagos liberales.
         El joven Juan Bautista Dalla Costa, a quien su Padre y su hermano mayor Antonio le habían preparado el terreno en medio de la pugnacidad política que agitaba a la provincia por el mismo efecto de lo que pasaba en Venezuela a nivel central, entró en escena en junio de 1858, justo cuando Julián Castro había desplazado a José Tadeo Monagas de la Presidencia de la República y la Guerra Federal comenzaba a tomar cuerpo en Juan Crisóstomo Falcón y Ezequiel Zamora desde Coro. Desde entonces hasta 1871 que fue expulsado del Gobierno y enviado al ostracismo por la Revolución de Los Azules, Dalla Costa gobernó en 1858, varios meses; luego de 1861 a 1863 y finalmente desde 1866 a 1871.
         Durante la Guerra Federal, la más cruenta sufrida por el país después de la Independencia, Juan Bautista Dalla Costa Soublette gobernó la provincia de Guayana haciendo un esfuerzo enérgico e inteligente por mantenerla al margen del conflicto federalista. Los brotes que se presentaron en diferentes puntos del interior, fueron rápidamente sofocados permitiendo con relación a otras entidades del país un importante margen de estabilidad, seguridad al comercio y la actividad industrial, de suerte que aunados a la explotación del oro y del caucho que ya se había iniciado en la región, contribuyeron acentuadamente a un auge económico envidiable.
         Triunfante la Guerra Federal en 1863, Dalla Costa resignó el Gobierno ante la Asamblea Legislativa presidida por Miguel Aristeguieta y el 31 de julio de ese año el cuerpo legislativo declaró la provincia Estado Soberano mientras se cumplía la reorganización del país bajo el sistema federal. Al efecto nombró un Gobierno provisorio presidido por el mismo Dalla Costa; Florentino Grillet, Vicepresidente y Merced Ramón Montes en calidad de designado, el cual tuvo vigencia hasta el 16 de diciembre de ese mismo año 1863 cuando Guayana quedó incorporada al pacto federal después de una entrevista entre Dalla Costa y el General José Loreto Arismendi, Jefe Superior del Circuito Militar de Oriente que comprendía a Guayana y Barcelona. Dalla Costa entonces tomó el camino del autoexilio hasta 1867 cuando la Asamblea  Legislativa lo eligió Presidente del Estado para concluir el período de Gobierno que había sido interrumpido y el cual ejercía en calidad de designado su hermano Antonio Dalla Costa.
         Esta fue la más larga y productiva de sus gestiones, pues duró cinco años y se inició con su famosa circular del 20 de julio sobre instrucción pública que “abrió en Venezuela a los desheredados de la enseñanza la era de su redención intelectual”. Las primeras escuelas para niños pobres fueron creadas por Decreto del 27 de julio de 1867 en el Distrito Borbón. Dos años después, el 28 de octubre, le fue erigida en la Plaza mayor de la ciudad, una estatua al Libertador realizada en Italia y al cual fue costeada con una colecta pública de 12.516.21 pesos. (Rafael Pineda dice que es copia del original de Pietro Tenerani, erigida en Bogotá en 1846).
         Ignoraba Dalla Costa en ese momento que su padre hacía dos días que había muerto en Génova donde se hallaba procurando remedio para sus males. Falleció a la edad de 78 años y sus restos fueron trasladados al Cementerio de la ciudad, donde reposan.
         Por lo demás y en conjunto, Dalla Costa resultó ser un extraordinario administrador e impulsor constante de la economía local obviando cuanto pudiera ser escollo. La estimuló ofreciendo toda clase de facilidades y exploró la factibilidad de otros recursos como la minería y el caucho. Dictó las primeras disposiciones sobre minas que tuvo Guayana, incentivó la inmigración, decretó medidas de protección para las comunidades indígenas, construyó nuevas calles, plazas, alamedas, paseos, edificios públicos, organizó el servicio postal y estimuló las organizaciones gremiales, pero lo más importante a su favor fue el haber evitado que la provincia participara en la cruenta Guerra Federal. No pudo evitarlo, en cambio, durante la llamada Revolución de los Azules que pretendía nacionalmente volver por sus fueros con la dinastía de los Monagas. Fue imposible que Guayana escapara a los efectos perniciosos de esta guerra que al final y luego de 117 acciones de armas en todo el país pudo ser liquidada definitivamente en enero de 1872, casi a un año de haber asumido el Poder el General Antonio Guzmán Blanco.
         La Revolución de los Azules lo aventó hacia el ostracismo, cumplió un periplo por varios países hasta radicarse en los Estados Unidos como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Gobierno de Guzmán Blanco, terminado lo cual, ya fatigado de la diplomacia, el ajetreo político y los negocios públicos, regresó a la Angostura que desde el 30 de mayo de 1846 ostentaba el nombre de Ciudad Bolívar.
         Falleció en la mañana del 10 de febrero de 1894, a la edad de 71 años y en un ambiente de sencilla pobreza que contrastaba con el de riqueza que marcó su nacimiento, infancia y adolescencia. La acaudalada casa mercantil que giraba bajo la razón social de “J. B. Dalla Costa e hijos” hacia años que se había extinguido y su jefe principal, Antonio Dalla Costa, se hallaba radicado en Trinidad.




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