jueves, 8 de diciembre de 2016

GÉNESIS DE LA PATRIA LIBRE

La obligada abdicación de Fernando VII y la invasión napoleónica a España, ensancharon la brecha de la libertad en las colonias americanas, abierta por el sacrificio de Túpac Amaru desde la profundidad meridional.
La onda de la libertad incaica fue tomando fuerza y un día se prendió en la piel morena de la Sierra coreana y ondeó en el arco iris del Leander hasta volverse ceniza en la plaza Mayor de Caracas para ser invocada un Jueves Santo, 19 de Abril de 1810, como ofrenda de resurrección.
En el Cabildo metropolitano fue el renacer hondo de aquel Grito que trasmontó laderas, se impregnó de sales y enervó la voluntad de Emparán.
         El bergantín “Nuestra Señora de París” izó sus velas y el Capitán General le dijo adiós a la Ciudad del Ávila. Caían tres centurias de sujeción que comenzaron desde que el bauprés de la Santa María violó la virginidad de América. 
         Habían cesado tres siglos de sujeción, al menos en la voluntad del americano que a partir de 1810 decidió luchar hasta morir si era necesario por zafarse el yugo del colonialismo.
         “Tres siglos hace que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón”, se lamentaba todavía 5 años después del 19 de Abril el caballero inglés Henry Cullen en carta publicada en “The Royal Gazette”, dirigida a Bolívar en el exilio jaimaquino. ¿Quién no recuerda esta frase desde las aulas y más aún por esta fecha que es hito de la primera vez que los representantes del pueblo, del clero y de los pardos tuvieron presencia en el Gobierno de Venezuela?
         Dice la historia que sólo Maracaibo y Coro, dominadas por una rancia clase de hispanos, no se sumaron a la Junta Suprema de Caracas que suscribió el Acto del 19 de Abril de 1810 o “documento genésico de nuestra Independencia”, como bien la denominó el historiador upatense J. M. Siso Martínez.
         La adhesión de la provincia de Guayana apenas duró 23 días porque acá como en Coro y Maracaibo también había una clase de blancos peninsulares, o descendientes de ellos, muy fuerte, la que sólo pudo rendir bajo manifiestos signos heroicos el hambre extrema de cuatro meses de sitio.
         Pero si bien Guayana no pudo sostenerse hasta el 5 de Julio de 1811para suscribir el Acto de Independencia y figurar desde el primer momento como la octava estrella del tricolor nacional, se reivindicó en 1817 cuando expulsados los colonizadores se establecieron en ella los Poderes que le dieron forma y contenido definitivos a la República.
         Para 1810, la capital de la provincia de Guayana, era Angostura, una ciudad con apenas siete calles y dos barrios. Calles cortas paralelas al río y escasamente pobladas. Las más largas eran las hoy Orinoco y Venezuela. Casas de piedra o mampostería, altas y agradables, empinadas frente a un río impresionante en tiempo de aguas altas, surcado por curiaras, piraguas, goletas y bergantines que alborotaban a los caimanes y toninas. Humboldt que había estado diez años antes habla de seis mil habitantes y de unas nubes de mosquitos que despegaban desde la Laguna (El Porvenir) y de periódicas fiebres malignas que se aplacaban con preparados de miel y extracto de quina de las Misiones del Caroní.
         El Gobernador, todavía en el primer decenio del siglo XIX, era don Felipe Inciarte y el Obispo de la Diócesis que entonces se extendía hasta Cumaná y Margarita, era don José Bentura Cabello. El capitán Andrés de al Rúa, que por cierto no se la llevaba bien con el Gobernador, comandaba la guarnición de la plaza.
         La provincia de Guayana estaba integrada desde 1777 a la Gran Capitanía General de Venezuela. Se iba a Caracas por vía fluvial y marítima y a Bogotá por el Orinoco y el Meta. Las Misiones capuchinas gobernaban casi todos los pueblos del interior. La población ganadera era realmente abundante y en el sector agrícola se producía cacao, añil, tabaco, arroz, maíz, tubérculos y caña de azúcar. Se explotaban algunos subproductos de la selva y la minería era prácticamente inexistente.
         La vida de la ciudad era apacible en términos generales pero bulliciosos en el puerto y pugnaz muchas veces a nivel político. Las autoridades  se circunscribían a un Gobernador, un Comandante de Armas y un Ayuntamiento que a excepción de lo militar tenía incumbencia directa en la justicia, ornato, aseo, salubridad y policía. Dos Alcaldes y siete Regidores, además de un Procurador y el Secretario integraban ese cuerpo.
         Los cambios de autoridades municipales ocurrían al inicio de cada año, específicamente el primero de Enero, y ese año de 1810, cuando las cosas no andaban bien por la Madre Patria, las elecciones internas del Ayuntamiento angostureño favorecieron a José Fernández de Heres y Juan Crisóstomo Roscio, como primer y segundo Alcaldes respectivamente.
         El 19 de Abril de 1810 repercutió tardíamente en Guayana y no fue sino en mayo cuando el licenciado Ramón García Cádiz, delegado de la Junta Suprema de Caracas, informó sobre los sucesos y pidió que Guayana secundara a Caracas.
         El Ayuntamiento angostureño que pasó de inmediato a considerar el asunto se vio favorecido por una serie de circunstancias, entre ellas, el descontento que existía por la administración anquilosada del Gobernador don Felipe Inciarte.
         Se eligió una Junta provincial integrada por el doctor Nicolás Martínez, Carlos Godoy, José Maya, Andrés de la Rúa, Manuel Moreno, Francisco Luis de Vergara, Francisco Rávago, el abogado Félix Farrera, Matías Farrera y Juan Vicente Cardozo. El gobernador Felipe Inciarte y el Comandante de la Guarnición Andrés de la Rúa renunciaron y la Junta designó al doctor Félix Farrera, Intendente de la Provincia y al Capitán Matías Farrera, su hermano, como jefe de la guarnición.
         A los 23 días, justo el primero de junio, llegaron noticias de España a conocimiento del Obispo de la Diócesis, José Bentura Cabello, según las cuales se había instalado el Consejo de Regencia en Cádiz en sustitución de la Junta Central que había sido dispersada y disuelta debido al empuje de las fuerzas francesas. En consecuencia las provincias debían mantenerse fieles al Consejo y no a la Junta Suprema de Caracas. No todos los miembros del Ayuntamiento estuvieron de acuerdo, pero sí la mayoría, especialmente el sector militar, por lo que la Junta provisional terminó disolviéndose para dar nuevamente lugar a las autoridades designadas en las elecciones de enero.
         No obstante, quienes eran partidarios de secundar a la Junta Suprema de Caracas, entre ellos, Juan Crisóstomo Roscio, Agustín Contasti, y sus hijos Agustín, Ramón y Orocio, Eusebio Afanador, José Tomás Machado, José Vicente Cardozo, Manuel Moreno, Maneiro y Yánez continuaron trabajando junto con el licenciado Ramón García Cádiz. El trabajo político de este grupo fue considerado de inconveniente y peligroso para la estabilidad de las autoridades españolas, por lo que se dispuso reducirlo a prisión, desterrando a los cabecillas.
         El capitán José Tomás Machado, cuyo nombre lleva el Comando de la Armada del Orinoco, escribirían más tarde refiriéndose al hecho que él junto con quienes dirigían el movimiento de adhesión a la Junta Suprema de Caracas, fue reducido a los más inmundos calabozos y cargados con grillos y cadenas por el Brigadier Gobernador Matías Farreras. De todos los comprometidos, sólo pudieron escapar de la detención el angostureño Juan Vicente Cardozo y los margariteños radicado en Angostura Manuel Maneiro y Manuel Moreno, este último deudo de Joaquín Moreno de Mendoza, fundador de la ciudad.
         Juan Crisóstomo Roscio, enviado a la prisión de Puerto Cabello, fue fusilado el 24 de junio de 1813; el caraqueño Ramón García Cádiz, radicado desde entonces en Angostura se fugó de la prisión. Igualmente el angostureño José Tomás Machado, incorporado después en 1812 a las fuerzas del coronel Francisco González Moreno.

         La provincia de Guayana se mantuvo a partir de allí fiel a la Corona hasta 1817 cuando tras la batalla de San Félix y posterior Sitios de Angostura y los Castillos de Guayana, quedaron arriadas para siempre los pendones de Castilla. Angostura se convirtió entonces en asiento de los Poderes Supremos del tercer período de la República y de aquí el Libertador emprendió su campaña militar hasta el altiplano, logrando la independencia de Venezuela y de los demás países que hasta 1830 integraron la Gran Colombia.

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