viernes, 3 de febrero de 2017

EL DORADO

Las expediciones por estas tierras desconocidas para el viejo mundo, tenían como atractivo inmediato no sólo posesiones para ensanchar los dominios de la Corona imperial, sino las riquezas de fácil explotación que pudieran encontrarse en ellas como era el caso de los placeres perlíferos de Cubagua o el oro que los alquimistas de la época no habían podido lograr y que parecía prometer aquellas tierras de cultura primitiva. El reino estaba urgido de riquezas doradas y riquezas doradas había de veras por donde cruzan tantos ríos y se levanta un mar de selva. La vieron los hispanos de muestra y regalo colgando en los collares de los aborígenes o de alguna otra manera en sus anchos, redondos y cupulosos bohíos.
         Pero aquellos castellanos que no estaban preparados para entender la lengua de naciones extrañas, desesperaban. Picados estaban por la ambición y querían saber el origen de las pepitas doradas, de los cochanos que los aborígenes señalaban existían en abundancia. Y no engañaban. De cierto que oro había y ha existido siempre en la Guayana. Los naturales no sabían explotar y trabajar el oro, simplemente lo hallaban al azar cuando salían a recolectar cosas y frutos para el hogar. Lo hallaban destellando a la luz del Sol cuando los ríos descendían de sus periódicas crecidas.
         Si los hispanos hubieran sabido de los placeres eluviales  y aluviales y del método que utilizan nuestros mineros actuales para extraerlos, les habría sido fácil encontrar El Dorado, pero fantasearon demasiado y cada vez se les hizo más imposible el Lago de Guatavita o el de la Parima. Manoa fue cada vez más ignota y remota como el maravilloso país de los Omeguas que rutilaban con luces amarillas a la distancia porque el oro cubría el lecho de sus ríos y de sus lagos con arena.
         Tras el espejismo de esa riqueza arcana que costó sangre, vidas, muchas vidas y ruina, salieron hasta consumirse en el fracaso, expediciones como la de Diego de Ordaz, Alonso de Herrera y Jerónimo Ortal: Ambrosio Alfínger, Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián Benalcalzar, Federmann Hutter, Walter Raleigh y Antonio de Berrio.











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