sábado, 4 de febrero de 2017

DIEGO DE ORDAZ

Don Diego de Ordaz fue el primer hispano en penetrar y explorar el Orinoco en casi toda su extensión. También había sido el primero en subir hasta el cráter de un volcán en erupción, el Popocatepetl, durante la conquista de México y el que hizo rendir al valiente Guatimozin, último emperador azteca.
            Nacido en Castroverde de Campos, provincia de Zamora, en 1480, fue sin duda uno de los conquistadores españoles más decididos y temerarios. Acompañó a Diego Velásquez en la conquista de Cuba y éste lo designó para que formase parte de la expedición de Hernán Cortes, al lado del cual puso a valer su ingenio temerario para quebrar la rebeldía de los aztecas en la defensa de su suelo, no obstante haber sufrido varias herida y perdido su mano derecha.
            Como recompensa llegó a tener haciendas, tierras, solares y estancias. Solamente en una laguna inmediata a México, llamada Tepecingo, disfrutaba media legua en circuito donde había toda pieza de caza.
Pero aquel reposo y privilegios no lo satisfacía y, obsesionado por las tierras vírgenes de Venezuela avistadas por él cuando expedicionó junto con Alonso de Ojeda y teniendo noticias de  las riquezas pregonadas por navegantes que en dirección a España hacían escala en Cuba y Veracruz, escribió repetidas veces al Consejo de Indias solicitando licencia para emprender a expensas suyas la conquista de territorios no ocupados de América, especialmente los comprendidos en el curso de 200 lenguas entre los términos de la posesión del reino de Portugal (Brasil) hasta los límites de las concesiones a los alemanes, vale decir, desde la desembocadura del Amazonas (Marañón) hasta Macarapana al oeste del Golfo de Cariaco.
El Consejo de Indias terminó por darle luz verde a la solicitud de Ordaz, recomendándolo ampliamente, de manera que la Capitulación se le da favorablemente y la expide la Reina, en lugar del Rey Carlos, en Madrid, el 20 de mayo de 1530. Obsequiado de esta manera, remata todos sus bienes, abandona México en compañía de sus amigos y hombres de confianza (Juan Cortejo y Alonso Herrera) y asume la responsabilidad bajo el título de Comendador, Adelantado y Alguacil Mayor en la conquista y poblamiento de las tierras sugeridas, vale decir, las que van desde el Marañón hasta Macarapana, al Oeste del Golfo de Cariaco, “por todos los días de vuestra vida con salario de setecientos veinticinco mil mares (maravedíes) en cada un año contados desde el día que vos hizieredes a la vela en estos nuestros reinos, para hacer la dicha población e conquista, los cuales vos an de ser pagados de las rentas e derechos a nos pertenecientes en la dicha tierra que assy abeys de poblar”.
El 13 de diciembre de 1530, día de Santa Cecilia, cuatro naves con 600 hombres y 36 caballos a su mando, zarparon con buen tiempo de Tenerife, Islas Canarias, rumbo a tierras vagamente conocidas y, por lo tanto, inexploradas, que parecían jurisdiccionales del Río Marañón, pero fuera de las posesiones del Reino de Portugal.
            Luego de prolongados períodos de calma y tempestades que lo desviaron de la ruta y disgregaron las naves, avistaron tierra dos grados por encima del paralelo equinoccial, a los veintiséis días de navegación. Pero no hallaban lugar adecuado para fondear los barcos y centrar su comando de operaciones hasta que lo vieron en Paria ya a mediados del mes de marzo de 1531.
            Pero Paria, al igual que Cubagua, era jurisdicción discutible, pues allí Antonio Sedeño, Gobernador de Trinidad, tenía un Fuerte al mando de Juan González de Sosa; de todas maneras, Ordaz impuso su fuerza y utilizó al propio Juan González, al mando de un grupo de sus hombres, para hacer una exploración previa del estuario. González, no obstante, se aventuró hasta la propia desembocadura del Caravaca, como los indígenas se referían al Río Caroní. Allí él y su compañía escucharon por primera vez el nombre de Uayana. Uayana se llamaba aquellas tierras selvosas avasalladas por inmersos caudales de agua.
            Y si aquellas tierras así se llamaba, sus habitante entonces tenían que ser guayanos, se dijo para sí Juan González estando aguas abajo de regreso, para informarle a Diego de Ordaz el resultado de sus exploraciones, pero ese inmenso río que desembocaba a través de una intrincada red de caños ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era el nombre de ese gran río que el Almirante Colón llegó a confundir con el Gandes? Más tarde se enterará que el río ostentaba varios nombres según la topografía de su curso: Uriaparia, desde el estuario hasta la desembocadura del Caroní; Urinoko o Ibirinoko más adelante y Barraguán en el curso de su nacimiento.
           
Primera expedición por el Orinoco

El 23 de junio de 1531, en plena época de lluvia e inundaciones. Diego de Ordaz inicio contra corriente la penetración del Orinoco. Venciendo en cada escala la resistencia del aborigen, fue explorando y penetrando el inmenso curso de agua hasta llegar a la desembocadura del Meta y luego a las torrenteras de Carichana con una tripulación mermada en 80 hombres, extenuada y a punto de rebelión por el trato cruel y la inseguridad de un retorno cada vez más incierto.
            La voz ¡Uayana! ¡Uayana! Escuchada por Juan González durante la exploración previa vuelve a hender los aires de las bocas del Caroní y el Conquistador queda impresionado. Nunca más aquellos hombres de ultramar olvidarán la reiterada voz aborigen. Desde entonces Uayana o Guayana habrá de ser siempre para el mundo todo aquel inmenso territorio donde la Naturaleza recrea la fuerza eterna de su vitalidad.
            Más tarde, en el trayecto fluvial que sigue hasta el río Arauquita, no se oye otra voz aborigen que la de Urinoko y Orinoco será castellanizado conforme a la etimología primitiva: Ori; confluencia y Noco; lugar (lugar de confluencia). Orinoco será por sobre los otros nombres que seguirán después hasta sus cabeceras, incluyendo Uriaparia en el primer tramo de la navegación.
            Seis meses tardó en remontar unas 160 leguas del Orinoco y emprendió el regreso en Enero de 1531 favorecido por la corriente que lo puso en el. Fuerte de San Miguel de Paria en apenas  veinte días.  Regresaba hecho una ruina, sin poder siquiera recuperar lo invertido, producto de la riqueza lograda en Tasxichtlan. Retornaba con su gente mermada y enferma, cansada y ganosa de tirar la toalla como en efecto ocurrió. Muchos desertaron y para justificarse, lo acusaron ante el gobierno de Cubagua a cargo del Alcalde Pedro Ortiz Matienzo, quien le hizo juicio y trasladó preso  a la Audiencia de Santo Domingo.
            Allá, luego de consultada la Corte, fue absuelto y decidida la devolución de sus bienes. No conforme, quiso vindicar la conducta en su contra asumida por el Alcalde, llevándolo ante la Corte, pero en el curso de la navegación el Comendador murió y su cadáver lanzado al mar en un serón.
            La expedición como empresa individualista fue un fracaso, pero España ganó un gran espacio territorial y una importantísima vía fluvial de comunicación con el Reino de Granada. A esa edad de su muerte con la que se especuló añadiéndole el ingrediente de supuesto homicidio por envenenamiento, a esa edad aún -52 años-, el Comendador don Diego de Ordaz no podía ver claro el Paraíso y aunque quería insistir, sin descanso porque nunca lo tuvo, en el fondo se sentía golpeado y enfermo. Bien valió en el verso de Castellanos este epitafio que nunca pudo diluir la sal de su sepultura: “Déle nuestro Señor su paraíso / que es lo cabal y cierta gentileza / y el descanso de vida transitoria / que le faltó, el de Dios en su Gloria”.
           
Segunda expedición

            El nombre de Alonso de Herrera, natural de Jerez de la Frontera, se inscribe trágicamente entre los primeros Capitanes que comandaron expediciones por el Orinoco. A él le toco comandar la segunda.
            Acompañó a Diego de Ordaz durante la primera expedición y en 1534 volvió inconforme para ir más allá, remontar por primera vez al caudaloso Río Meta o Metacuya como era conocido por los aborígenes. Pero volvía, no por su cuenta y riesgo, sino bajo las órdenes de Jerónimo de Ortal, en cuyos brazos murió Ordaz cuando presuntamente fue envenenado por la Justicia Mayor de Cubagua, Pedro Ortiz Matienzo, en el trayecto Santo Domingo-España.
            El Rey Carlos Primero le había traspasado los derechos capitulares del hazañoso Diego de Ordaz y él con dos barcos y 160 hombres aspiraba proseguir con mejor acierto la ruta del fracasado Comendador. Zarpó del puerto de Sevilla el 18 de agosto de 1534 y dos meses después, el 13 de octubre, ya estaba de vuelta en el Golfo de Paria, reunido con Alonso de Herrera, quien había permanecido en el Fuerte, hambriento y hospitalizado, cuidando los intereses de Ordaz.
            Herrera aceptó la nueva situación y mientras Jerónimo de Ortal se dirigía a Cubagua a verificar un refuerzo que había llegado de España al mando de Juan Fernández de Alderete, él se adelantó a remontar de nuevo el Orinoco bajo instrucciones de Ortal, quien le prometió navegar posteriormente a la retaguardia. Ortal, hostilizado por los Uayanos, no pasará más allá de las Bocas del Caroní. Herrera, en cambio, a sangre y fuego, superará la resistencia aborigen hasta el Meta, donde siete flechas envenenadas lo traspasan de banda a banda.
            Alonso de Herrera descubrió al Meta a finales de 1535 y lo remontó unos 100 kilómetros. Junto con él perecieron siete de sus mejores hombres.
            El Alguacil Mayor Alvaro de Ordaz, sobrino del extinto Comendador, asumió el mando y emprendió el retorno de la fracasada expedición hasta encontrarse con su jefe Jerónimo de Ortal varado en la Isla de Trinidad. Este Ortal, nativo de Zaragoza y Contador que fue de al Real Hacienda de Nueva Cadiz, morirá 15 años después de Santo Domingo.
            Es importante acotar que mientras esto ocurría en el Orinoco en 1535, allá en España, Gonzalo Fernández de Oviedo, quien había formado parte de otras expediciones anteriores, daba a conocer su Historia General y Natural de las Indias, obra que ha sido fundamental para el conocimiento de la América posterior al descubrimiento.


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